Prólogo Crónicas de Hexe

Brujillos, brujillas, hoy damos por concluida La Semana de Las Brujas y tal como os anunciamos ayer, hoy, tendréis en primicia el prólogo de mi primera novela publicada. CRÓNICAS DE HEXE

Así pues… ¡A disfrutar!

Ella había tomado una decisión. Era su deber aceptar aquella responsabilidad, aquel legado que jamás había pedido. Tenía miedo. Sería una necia si no lo tuviera. Pero no podía decir que no, por imposible que fuera aquella situación. Si se negaba y realmente se desataba aquel mal, todo sería su culpa. Todas las muertes, la destrucción y los desastres pesarían sobre su conciencia. Y por egoísta que pudiera parecer, le gustaba dormir bien por las noches, sin sentir que sus elecciones habían condenado a su hermosa ciudad a una pesadilla sacada del mismísimo Infierno de Dante.

Varias semanas antes.

Noctis era un buen gato de pelaje negro. Comía, jugaba con los ratones de felpa que solía tener sobre su rascador, se subía a los muebles y tiraba cosas con su colita sin querer… casi siempre, además tenía la manía de dormir compartiendo almohada con su ama. Pero aquella noche era diferente. Miraba a su humana retorcerse en la cama desde una esquina a los pies de la misma. Ella se movía nerviosamente murmurando palabras ilegibles mientras gruesas gotas de sudor se esparcían por su rostro. Los ojos verdes y rasgados del minino cambiaron de dirección hacia la bruma negruzca de ojos rojos que se encontraba frente a ellos.

Un apéndice comenzó separarse del conjunto de la bruma, comenzando a tomar la forma de un brazo, con la piel tan negra como el carbón. Noctis no apartó la mirada, y justo cuando aquella siniestra mano estaba a punto de rozar la mejilla de su humana, saltó sobre ella con un bufido protector. Aquel ser se retiró, con una curiosa mirada en sus ojos color sangre, dejando ver una siniestra sonrisa adornada con colmillos que podrían desgarrar la carne más dura.

Hexe se despertó sobresaltada llevándose una de sus manos al pecho. Le costaba respirar. Había tenido una pesadilla demasiado realista. Le costaba enfocar donde se encontraba, en gran medida por la tenebrosa oscuridad que envolvía el lugar. Palpó la mesita color caoba que había junto a su cama, para encontrar por fin el interruptor de la modesta lamparita.

– Ha sido sólo una pesadilla…

Cuando la luz inundó el lugar, se encontró con su cuarto, tal como lo había dejado antes de acostarse. La gran montaña de ropa sobre su silla, que si no fuera por la bombilla, podría confundirse con una silueta, y hacer que la taquicardia que sufría aumentara en gran medida. También estaban sus guitarras, colgadas en la pared, junto a los tres banderines de aquella serie que tanto le gustaba, o la gran estantería color caoba de libros que recorría toda la pared del fondo de la habitación. Nada fuera de lo común. Miró a sus pies, donde su fiel compañero estaba echado, sin dormir, mirando también a todos los lugares que había a su alrededor. Suspiró.

– Eh ¿Qué haces ahí bola de pelo? – le dijo con cariño, mientras le cogía en brazos y le ponía sobre su pecho – Pensaba que dormías conmigo dándome calor.

El animal soltó un maullido conforme, mientras se acurrucaba junto a su humana y frotaba su cabeza contra su mentón. Hexe sonrió ¿Qué mal podía acongojarla cuanto tenía un guardián tan adorable como aquel?

Sin embardo, no era capaz de quitarse el recuerdo de la pesadilla que acababa de tener. Se encontraba en medio de una gran plaza. Era capaz de saber de qué lugar se trataba solamente por la imponente estructura que se alzaba frente a ella, aquella centenaria Catedral que tanto le encantaba. El resto del lugar era muy diferente a lo que recordaba. No había empedradas calles ni edificios con soportales de piedra, sino casas hechas de caliza, madera y pizarra con un aire demasiado rústico y medieval. A su alrededor decenas de personas, vestidas como si de una película de época se tratase, la miraban con asco y repugnancia. Muchos de ellos llevaban en su manos antorchas, aunque la luz del atardecer aún alumbrara el lugar. Cuando intentó moverse e intentar alejarse de la turba, se dio cuenta de que se encontraba atada a un gran tronco de madera. Llevaba puesto un harapo que apenas cubría su voluptuoso cuerpo y estaba descalza y bajo sus pies, centenares de ramas, troncos y leña.

Una angustia se había comenzado a apoderar de ella cuando su menté armó el puzzle de las oscuras intenciones que tenía aquella gente. Quiso gritar, decirles que la soltaran, pero las palabras no salían de su boca. Solamente intentaba desatar las ataduras de sus muñecas. Pero todo fue inútil. Un clérigo llegó frente a ella y le dijo unas palabras que no pudo oír, para después dirigirse al pueblo, y alentarles a que prendieran la gran hoguera.

Aquello era un infierno, la sensación de calor que se apoderaba de su cuerpo, notar como su carne burbujeaba siendo devorada por las llamas, el dolor, sus gritos de agonía, y las risas de todos los presentes… había sido una verdadera tortura. Pero sólo había sido una pesadilla… una horrible, espantosa y muy dolorosa pesadilla.

Sandra

Sandra

Sandra de Lucas (León, 1996) es una apasionada de la literatura que adora vivir aventuras de la mano de un buen libro. Antes de dedicarse al mundillo literario quiso ser criadora de dragones (pero la idea no llegó demasiado lejos, no sé yo porque…). Actualmente es escritora, blogger y podcaster a tiempo completo.

4 Comments

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  • Sin dudas maravilloso!!! Felicidades!!!!

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  • Inquietante… me interesa este personaje, Hexe. ¡Que habitación tan reveladora tiene, dice mucho sobre su personalidad!
    Me muero por leer el texto completo, a ver si soy rápida y me puedo hacer con un ejemplar dedicado. 🦄
    Sigue escribiendo, Brujilla!

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  • muy buen comienzo, gracias por el adelanto

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  • Ese prólogo no está nada mal, promete. Habrá que leer un poco más. Enhorabuena.

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